Deseando transitar otro camino

Érase una vez una pequeña rosa que estaba plantada al lado de una margarita. La margarita ya tenía sus pétalos bien formados, su tallo bien definido y sus hojas bien fuertes. Sin embargo, la rosa todavía tenía un flaco tallo que apenas se mantenía firme.

La rosa siempre se comparaba con la margarita. Para ella se decía: – Nunca seré como aquella margarita tan hermosa y robusta. Nadie se fijará en mí mientras esté a su lado. Quiero ser como ella, tengo que llegar a ser como ella cueste lo que cueste.

La margarita disfrutaba de cada segundo  de vida, parecía calmada aunque vinieran grandes tormentas. Si se caía, se volvía a levantar. Nunca se quejaba y no miraba lo que hacían otras flores.

La margarita sabía que su paso por el campo era temporal y que la vida tenía su fín. Sabía que su camino era único y diferente, pues no había dos plantas iguales en el universo.

Llegó el momento en el que la margarita se tuvo que despedir de la rosa y le dijo: – Me tengo que marchar gran amiga, gracias por acompañarme durante este largo camino, pero ahora ya no querrás ser como yo. Siempre te fijaste en mí, pero tenías la atención puesta en el sitio equivocado. Mantén tu atención en ti, ya que es tu vida la que estás viviendo. Siempre fuiste más hermosa que yo. Justo en ese momento murió.

Rosa se quedó sin la compañía de margarita y  fue consciente de que el tiempo que pasó comparando su camino, ya no podría recuperarlo.


En ese momento se dio cuenta de que estaba realmente sola y muy triste.

Pasó toda su juventud deseando llegar a la meta y cuando llegó no supo disfrutar del camino que la llevó hasta allí. No supo apreciar su presente, fijándose en los caminos de otros.

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