El pequeño rey

 

 

 

 

 

 

 

 

Érase una vez, en un mundo de otros tiempos, un anciano padre y su hijo abandonados en la suerte del desierto.

El anciano padre (monólogo):

Hijo, sólo nos queda esta cabra y todavía nos faltan tres días para llegar a Alameda.

Yo ya no puedo ver, de hecho, si sigo caminando es porque aún soy capaz de oír tus pasos. Con eso me es suficiente para orientarme.

Hijo, necesito que vayas hacia el mercado del este y encuentres a un comerciante para cambiar esta cabra por cuatro pollos. Calculo que con eso tendremos para comer durante tres días.

El hijo se marchó rápidamente hacia el este, dejando solo visible su sombra que iba desapareciendo en el horizonte.

Si mi padre cree que con esta cabra podremos obtener cuatro pollos, es porque es posible, pensaba el hijo, mientras caminaba hacia el mercado.

Estaba caminando junto con la cabra cuando pasó cerca de una duna y aparecieron cuatro hombres enmascarados. El hijo del anciano se asustó y se agarró fuertemente a la cabra.

Chico, danos la cabra y te perdonaremos la vida. Somos de la tribu del jazmín y hace cuatro días que no comemos. El chico se defendió diciendo que la cabra era su salvación para conseguir alimentos para él y su anciano padre.

Los hombres no escucharon al niño y le quitaron la cabra. El hijo del anciano lloró de impotencia y de rabia por ver cómo le habían arrebatado su más preciado tesoro en aquel momento.

He fallado a mi padre y me he fallado a mí mismo. Iré al mercado a pedir algo de alimento, debe haber alguna forma de conseguirlo. Llegó al mercado y ya era de noche. Los puestos estaban recogidos y no había nadie en las calles. Todo el mundo estaba durmiendo, bueno todo el mundo excepto una hermosa pitonisa. Desde su cabaña invitó al niño a que pasara.

Atraído por su belleza y amabilidad el niño aceptó la invitación.

La pitonisa se presentó como la mujer del desierto, dijo que no tenía nombre y que tenía todos los nombres. Dijo que era feroz pero compasiva, firme pero flexible y que había sufrido mucho en esta y en otras vidas.
También le dijo que sabía lo que había llevado al chico al mercado y sabía que su anciano padre estaba esperando su vuelta con cuatro pollos.

Pequeño, le dijo la pitonisa, si me haces un favor te daré los cuatro pollos.
Tienes que robar la cabra que te han robado, sé que todavía no se la han comido y sé dónde está guardada.

Los ojos del niño se iluminaron, podía volver a recuperar su moneda de cambio y volvería con cuatro pollos y una cabra. Tendrían más que suficiente para alimentarse hasta llegar a Alameda.

Pero algo dentro del niño le hizo reflexionar…mmm, voy a tener que robar, eso no me hará sentir orgulloso. Me sentiré deshonesto conmigo mismo y me habré traicionado.

No puedo aceptarlo, le dijo a la pitonisa y se marchó de la cabaña sin mediar palabra.

Pasó la noche fuera durmiendo sobre unos trozos de paja y maderas sueltas.

Cuando despertó se dijo así mismo, voy a pedir a los comerciantes algo de comida. Pidió en cada puesto del mercado pero no le dieron nada. El pequeño estaba abatido.

Dispuesto a marcharse para volver junto a su padre. La pitonisa apareció junto a los hombres enmascarados. Oh no, no quiero más problemas sólo quiero volver con mi padre, nos espera un camino difícil y apenas sabemos si llegaremos con vida a Almeda por no tener alimentos.

La pitonisa comenzó a hablar…joven yo te hice venir a mi cabaña. Yo hice que robaran tu cabra. Yo manipulé a los comerciantes para que no te dieran nada. Los oráculos me dijeron que alguien como tú estaba apunto de llegar, que ese alguien cambiaría el mundo tal y como lo conocemos y que ese alguien era alguien muy especial. No creía lo que decían los oráculos, así que quise comprobarlo por mi misma.

Pero, ¿de qué estás hablando?

Joven, has demostrado valentía defendiéndote de estos hombres aún sintiendo miedo. Luchaste por tu comida viniendo al mercado y no te diste la media vuelta.

Demostraste tener valores y principios, cuando te propuse robar la cabra que te habían robado. Cualquier hombre medio hubiera aceptado esa oferta, pero tú la rechazaste.

Y lo más importante de todo, demostraste humildad cuando pediste comida en cada uno de los puestos del mercado.

Los oráculos no se han equivocado contigo.

Aquí tienes tu cabra y los cuatro pollos.

Dile a tu padre que cuando pasen dos meses vuelva contigo, eres el rey que necesita nuestro pueblo.

El hijo del anciano, les dio las gracias a todos y se marchó desapareciendo por el horizonte, dejando visible el rastro de su sombra y el rastro de su luz.

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